Entró corriendo en la casa, abriendo con sus manos y su energía inagotable de niña un canal de primavera al interior. Fue hasta la sala, donde quería encontrar a su abuela para contarle las vicisitudes del parque: el color azul de las mariposas que se posan encima de las hortensias lilas y los matices amarillos del tono de algunos vivísimos pensamientos, las risas de sus hermanas porque se había caído del balancín por hacer el tonto o lo pegajoso del caracol que halló pegado bajo el columpio. Pero su abuela solo se dejaba mecer entre crujidos de madera, con la labor de hilo fino derramada en el regazo y el ganchillo tirado en el suelo, brillante espada de plata sobre la alfombra de arabescos. Entonces volvió a salir corriendo hacia la luz de fuera: había presentido la nada en aquellos ojos fríos que se balanceaban y no quiso descubrirla aún, sola y pequeña.
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martes, 3 de junio de 2014
lunes, 5 de mayo de 2014
PIEDRA MUERTA
Sentada en la punta de las rocas más castigadas del Atlántico, la vio fugazmente y creyó que desvariaba. Se frotó los ojos rojos de la salitre y el gin-tonic a partes iguales, se levantó trabajosamente sobre sus leggins catarateados de alcohol y labia decenas de veces durante toda la noche, y sacó del bolso en bandolera, con una sola mano libre, el teléfono móvil fucsia. Pulsó la lupa compulsivamente hasta agrandar a gusto aquella faz siniestra que el agua lamía mientras nacía la aurora sanguina de un día cualquiera, y disparó la instantánea segundos antes de partirse la crisma contra la calavera esculpida por la olas. No sabía que aquella zona era llamada, por algún motivo, la Piedra Muerta.
martes, 25 de febrero de 2014
CONVERSACIÓN
—Tengo hambre.
—Yo también, pero me voy comiendo las entrañas para no tener nada que llenar. Me devoro el vacío para no tenerlo.
—¿Te gusta?
—Sabe a mierda podrida mezclada con yogurt de fresa.
—No creo que tenga patente, y habiendo tanta necesidad...
—Ni lo sueñes, esto no se puede fabricar a escala industrial. Es casero, como la mejor repostería de la abuela. Fría y ácida. Mata para siempre, te lo juro.
—Pero, tú siempre dices que...
—Yo nunca digo nada, no te engañes. No tengo duermevela. Ni tampoco esperanza. Alcánzame la sal.
—Te subirá la tensión...
—A ver si reviento... No, no lo dije, tengo miedo a que me mueran. También a morirme yo.
—¿Es verdad que hay un dios que te mira y no te ve?
—Es que no quiere ver. Las cataratas se operan desde hace tiempo, pero da igual, siguen desbordándose y rascando la pared hasta romperla. También comen, nunca tienen bastante.
—Solo te queda un centímetro...
—Para la tapa de las doce. Luego, ya veremos...
—¿Te morirás?
—Sí.
—Pero...
—Ya no estaré vacía. ¿Te parece poco?
—No me parece nada. Es abominable. Tengo frío.
—También es abominable tener frío y decirlo. Puedes crearme ansiedad.
—Tú vas a estar calentita ahí abajo.
—Nunca se sabe. Todas son cábalas y luego la verdad es muy diferente.
—¿Cómo te lo imaginas?
—Verde.
—¿Por qué?
—Porque siempre ha sido verde. ¿Tú no lees?
—No tengo ojos.
—Podías habérmelo dicho antes, así no has entendido el ejemplo de las cataratas. Nunca has visto ninguna. Pero salen a chorro, no se sabe de dónde, pero salen siempre, ¿entiendes?, y no se agota casi nunca la fuerza que traen, tanta, que te quitaría de una vez el frío. Son de agua, ¿sabes? H2O, como cristales que dejan pasar todita la luz, pero blandas. Son tan bonitas que no me importaría quedarme si ellas quisieran.
—Pero, ¿querrían?
—Uno mismo nunca lo puede saber. Tampoco de otro, pero ahí la intuición no suele fallar. En ti es más complicado, son tantos datos...
—¿Veinte?
—Muchos más, como garbanzos eternos que hablan entre sí de las noticias de todos los mundos. Lo saben todo, pero no sueltan prenda. Y uno tiene que imaginárselo.
—Yo no quiero jugármela. A mí la suerte me abandonó ya hace...
—¿Ya hace?
—Sí.
—A mí no sé, pero, ¿sabes?, a lo mejor no es verde...
—¿No quieres que sea verde? Yo ya lo sabía, a mí tampoco me gusta así. Verás como será roja.
—¿Tú crees? ¿Rojo bermellón?
—Intenso, muy intenso.
—Si fuera intenso se podría ver a través de las cataratas y así ya no haría falta poner una cruz para distinguirlo de las hierbas.
—Si te sirve de algo, ¿me lo contarás?
—No sé, puede...
viernes, 20 de diciembre de 2013
EL ÚLTIMO BAÑO
La última vez que vio a su nieta, esta le contó que se había establecido en un pequeño pueblo de la costa, Sada. Al oír aquel topónimo, los ojos que habían visto casi nueve décadas se anegaron en lágrimas de sal. La misma sal que probó en sus labios y en todo su cuerpo cuando, siendo muy niña, se sumergió por vez primera en el mar de la mano de su madre. Fue solamente en una ocasión, al final de un verano en que las labores agrícolas de agosto pudieron ser terminadas con el tiempo suficiente para marchar con otras vecinas de Aranga, Guitiriz, Sobrado o Parga —todas tierras de interior— a tomar los nueve baños a la playa. Pudieron tal vez haber ido a Coruña y convertirse en catalinas que se apeaban de los carruajes en la plaza de la santa que las rebautizaba, pero su destino más modesto fue Betanzos y de allí, caminito a pie hasta La Ramalleira, desde donde descendieron divisando el arenal del Curruncho que para siempre poblaría sus más felices recuerdos infantiles de cuando fue bañera en Sada. Vívidamente volvió a vestir aquel tosco sayal de saco que le sirvió de bañador, contuvo el aliento como en aquel crucial momento en que viera el océano al mediodía en todo su brillante esplendor dorado, tomó fuerte de la mano a su madre que ahora era su nieta mientras ambas le sonreían con dulzura y corrió sin miedo chapoteando como un arroyo hasta alcanzar por fin la desembocadura de su vida, de todas las vidas.


