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lunes, 9 de junio de 2014

ATRAVESAR LA VÍA

—Tío, en algunas grandes metrópolis de América Latina, hay críos que viven en la calle, esnifan pegamento y mueren aplastados en el asfalto por cruzar las avenidas con los ojos cerrados—documenta la pelirroja del aro de metal en la lengua a sus amigos, mientras estos admiran el brillo que asoma a veces entre sus dientes blancos y pequeños.

—Lógico, no tienen más aspiración en su existencia que la del Super Glue 3. Ja, ja, ja...—ríe celebrando su propio ingenio un chico con una J segada a cuchilla eléctrica en su cogote. 

—Su reto no es sobrevivir —añade otro de flequillo grasiento—, pues eso poco les importa con la mierda de vida que llevan y de la que saben seguro que no van a salir, sino ponerla en peligro de vez en cuando para darle algún valor y no morirse de asco.

—Quien consigue cruzar al otro lado se convierte en el líder del grupo hasta el próximo reto... Si no, muere allí mismo sin que a nadie le importe un huevo, ni a sus amigos —continúa la chica con los ojos bajos.

—Es cuestión de tiempo... Pero es que siempre es cuestión de tiempo: lleves o no una buena vida —concluye el del pelo pegado a la frente—. Y da igual dónde suceda: aquí tampoco sales del círculo de la pobreza una vez que entras. 

—Así que, no hay que dejar que te coja. Que te joda, vamos, como dicen en Sudamérica. O atraviesas la vía o te arraviesa ella —subraya levantándose J.



Imagen: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/b/b4/Avenida_68_Bogota.JPG


 

lunes, 16 de diciembre de 2013

TAMBIÉN EN NAVIDAD

Quedaban tres horas de papanancia en aquel centro comercial desangelado. Menos mal que con todo el relleno de ropa que llevaba bajo la casaca roja con dacha blanca en los bordes, no tenía que soportar, sentado en su trineo de renos de poriespan dorado, las neumónicas corrientes de aire generadas en la entrada cada vez que se abrían las puertas de cristal automáticas. A las cajeras del súper de al lado, sin embargo, la fina chaquetita de licra amarilla sobre la blusa de papel  de fumar no conseguía salvarlas del sabañón nasal perpetuo que las distinguía, cuando se iban para casa, de las dependientas del outlet de arriba, más jóvenes, rechonchas y caloríficas. Él también lucía un porrón rojizo, medio escondido entre el bigote y las enormes barbas blancas, que se coloreaba de manera directamente proporcional al grado del tintorro que libaba cada 60 minutos, escondido en el baño. Cuando se le enfriaban las manos enguantadas y los pies enfundados, se levantaba y daba unos pasitos en torno a los enormes paquetes vacíos de celofán brillante que lo circundaban, tocaba la campana como si se le fuera la vida en ello y gritaba unos "ho-ho-ho" roncamente cavernosos. Los escasos niños que acertaban a pasar, aferrados como chinches a las manos de sus padres, preferían no mirarlo demasiado y hasta berreaban de pavor si él trataba de acercarse a entregarles caramelos. Mejor, así solo debía arrojarles con saña las chuches desde lejos, como si fuera un rey mago paseando en carroza, y no se veía obligado a cogerlos en sus rodillas —muchos de ellos cagados hasta las orejas—, aguantar sus tirones de peluca, sus vomitonas o sus patadas cuando no entendía el nombre del puto juguete que aquellos enanos pestilentes le pedían. Su memoria se había quedado en el Escalextric, la Nancy y el Quimicefa, así que cuando los tenía bien sentados encima, entre aparentes caricia y caricia, los pellizcaba bien fuerte en las cachas para que se largaran con sus madres llorando a lágrima viva, para que no volvieran el próximo año a darle la vara, y para que fueran aprendiendo lo jodida que es la vida, también en Navidad.

Imagen tomada de http://blogs.20minutos.es/videojuegos/tag/santa-claus/































martes, 29 de octubre de 2013

POBREZA PAVOROSA

No quería meter el coche en su enorme garaje subterráneo. Sencillamente la amedrentaban aquellos sonidos claqueteantes e irregulares de las tuberías,  que iban subiendo de volumen en su asustada imaginación conforme caminaba abrazada solo a su bolso, o las pisadas mojadas que siempre acababa por vislumbrar, cabeza atrás, justo pegadas a su sombra en el momento mismo de abrirse la puerta del ascensor. 
Pero esa noche no le iba a quedar más remedio: había dado ya más de cinco vueltas desesperadas a su manzana, llovía a cántaros, no tenía paraguas y menos, botas de agua para saltar los charcos como negros océanos que el diluvio estaba generando. Paró ante el portalón de su edificio, buscó el mando electrónico en la guantera, apuntó y apretó el botón nerviosamente hasta que el sonido chirriante de la cadena oxidada de la verja le indicó que podía parar de apretar, que el automatismo funcionaba. Mañana mismo hablaría con el presidente de la comunidad de vecinos: todos estaban hartos de esa inquietante estridencia que les destrozaba el sueño, pero jamás se decidían a arreglarla. Esperó en tensión, hasta que vio cerrarse la puerta sin imprevistos por el retrovisor, para descender por la rampa en espiral dos pisos; luego enderezó la marcha y guió el utilitario despacio hasta su plaza, la más lejana al ascensor. Hacía una semana por lo menos que no la usaba, y en cierto modo se alegró de aprovechar el altísimo valor que aún estaba pagando al banco por su hipoteca.
Las luces del aparcamiento ya se había encendido al cruzar el vehículo bajo la célula fotoeléctrica, tardarían dos minutos en volver a apagarse, así que debía darse prisa en recoger la cazadora, la carpeta con los balances de esos pesados de clientes de hoy para revisar en la cama —mierda, otro día más sin haber ido a recoger a la óptica el par de lentes de cerca; tendría que subir las de la guantera... debían de estar por aquí... a ver... efectivamente—, las gafas, pues,  y el sombrero. Listo. Dio un portazo y pulsó el botón de cierre. Los cuatro intermitentes emitieron un mortecino destello.
¿Por qué había pensado en el adjetivo mortecino? No le gustaba, ni tampoco cómo sonaban sus pisadas en aquel suelo embaldosado del parking, y menos con los zapatos altos de tacón. En todas las películas de miedo resonaban igual antes de que pasase algo, algo... terrible. 
En ese instante se apagaron todas las luces, salvo los pilotos de seguridad.  Las tuberías, sibilantes hoy, jaleaban los latidos de su corazón encogido. Se quedó paralizada en mitad de aquella nada turbia e hizo un esfuerzo sobrehumano por avanzar, por seguir oyendo sus pisadas, pero solo las suyas, nada más que las suyas. Y es ahora escuchaba otras, bien claras, pero bien distintas: sonaba a zapatillas desfondadas que se arrastraban renqueantes, cuya suela vencida y deformada había soportado durante muchas décadas de miseria un peso inconmensurable, la gravidez de la pobreza, de la decadencia, hasta pudiera ser que de la podredumbre. Entonces corrió hasta el ascensor dejando su sombrero de fieltro caído en el suelo. Incrustó los dedos en el botón de llamada, aferrándose sus yemas también al interruptor eléctrico que devolvió claridad al inmenso parque casi desierto de vehículos. Solamente se atrevió a mirar cuando la puerta del elevador dejó, un segundo antes de cerrarse, una breve mirilla protectora. Ni rastro del sombrero.

jueves, 2 de mayo de 2013

EL BANCO

Con un traje Ralph Lauren aislándolo del cargado ambiente del banco, el ejecutivo apoyado en el quicio de la puerta sigue releyendo "El País" del día anterior, ese trozo de papel que los gurús del éxito denostan como envoltorio de pescado toda vez caduca. La actualidad muere en cuanto se seca la tinta que la imprime, pero en los tiempos que corren lo actual siquiera resiste el final de una lectura. Aburrido del diario que abandona sobre un revistero, ahora desenfundando raudo el IPhone5 y acariciando erráticamente con su pulgar la pantalla impoluta, el hombre sonríe levemente de modo automático, mira sin ver la variopinta y zigzagueante cola que avanza lenta, y devuelve sus pupilas nerviosas al ajedrez virtual que lo enfrenta digitalmente a sí mismo. Carraspea antes de contestar educado pero tajante a la señora de atrás que le plantea cualquier espinosa información insustancial: "No, yo... vengo a gestionar un asunto con la dirección del banco". Ni siquiera ha escuchado lo que le han preguntado, da igual, putas ganas tiene de hablar con nadie de aquí. Gira, pues, su cabeza hacia delante y se concentra en preparar mentalmente la estrategia comercial de las citas de esta tarde, ya que esta vez tiene en sus manos el producto de su vida, el único que le importa, el que ha de vender sin excusas, sin fallos y con un plan de márquetin de urgencia: él.
Media hora de espera después, el elegante personaje alcanza el mostrador y apenas balbucea ante el voluntario que lo atiende:
- Yo... creo que... bueno, me han dicho que aquí dan comidas sociales. ¿No?
El asistente del banco de alimentos asiente.
- ¿Para cuántas personas?
- Dos adultos y dos niños.
Cuando se da la vuelta con los menús, el voluntario admira durante un instante el magnífico corte del traje del desconocido, calculando para sus adentros cuántas comidas le sufragará antes de tener que volver a visitar el comedor.