Lloviese lo que lloviese, la raya de su monte no se borraría jamás. Aunque todas las gotas de suero bajasen por sus venas propulsadas por la gravedad como kamikazes dispuestos a ahogar sus pulsiones eróticas, ella seguía deseando a su hombre como si fuera el primer revolcón. Cierto que hacía ya décadas que habían optado por separar sus miserias nocturnas en camas y habitaciones distintas, mas cuando sentía los octogenarios y desnudos pies crujir seguros sobre la madera pulida del pasillo, las manos sabias girar con cuidado el pomo bien aceitado de la puerta, y el peso de su eterno compañero parapetándola del jodido mundo, entonces, juntos, volvían siempre a ser aquellos adolescentes amándose a borbotones sobre los surcos del maíz espigado. Una y otra vez en perpetuo movimiento.
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jueves, 13 de febrero de 2014
jueves, 23 de enero de 2014
EL OLOR DE LA PENA
Al atravesar el portal, el policía local pudo detectar débilmente el tufo de la muerte. Crujían al subir las escaleras que llevaban hasta el tercer piso de aquel edificio vetusto, olvidado de la actualidad, con su primoroso y retorcido pasamanos modernista. Intuía las imágenes que iba a presenciar, tenía millones como aquella ya grabadas en la retina: un viejo cualquiera, sentado en su retrete o colgando bajo la lámpara, al que la vida adelantó sin miramientos ni intermitente, empujándolo a una cuneta negra desierta de familiares o amigos. Nadie lo echaría en falta hasta que la química orgánica se dignase a proclamar su pestilencia. Todas las muertes eran parecidas, salvo en el olor. En esta casa notaba el agente un dulzor desazonado, quizá fruto de algún antiguo desengaño amoroso o vital —pues el amor y la vida huelen similar—, que se mezclaba con vaharadas de eucalipto y muchas profundas aspiraciones pulmonares de tabaco rubio. Pero, fundamentalmente, por encima del efluvio de la descomposición de un cuerpo medicado por los achaques, se palpaba el hedor rancio de la soledad y la pena: el anhelo de una palabra amiga adherido a los cristales de la sala que daban a la calle, el aire salobre de las lágrimas vertidas sobre el pijama bajado, y el sudor seco en el esfuerzo del anciano por correrse por última vez y olvidar que habían pasado cincuenta años desde que ella lo mirara con deseo.
El policía local le subió los pantalones antes de cargarlo en la camilla.
lunes, 23 de septiembre de 2013
CAMISAS DE ONCE VARAS
martes, 10 de septiembre de 2013
ESPERANZA AZUL
jueves, 18 de julio de 2013
MEMORIA MUERTA
miércoles, 15 de mayo de 2013
SOLO UN ABRAZO
-¿A qué piso va?
-Al vigésimo segundo, por favor.
-Pero..., ejem, perdone, aquí sólo hai diez plantas. Esto, esto no es Nueva York, aún. Je, je...
-Pues, marque hasta el décimo, señorita, que del resto ya se encargará Él.
-Él...
-Él, sí. San Pedro me ha prometido un tránsito directo.
-Ya... Quizá... Yo... Yo creo que se me ha olvidado cerrar el coche, yo, perdone... tengo que...
-Ah, no, no puede irse. También me ha garantizado compañía en ese momento, la soledad me asusta, hágase cargo. Además, usted no tendrá que hacer prácticamente nada, solo llamar a una ambulancia o a la policía cuando... cuando suceda. Mire, ya le he anotado yo los teléfonos de urgencias, aunque, claro, ya nada podrán hacer los médicos, salvo la certificación. Tenga, tenga.
-Pero, bueno... si usted y San Pedro lo han ajustado todo al milímetro, podrían haber concertado también la compañía de alguien conocido, un familiar, un amigo...
-Solo se tiene la certeza del momento, no de las circunstancias.
-Bueno, abuelo, vamos al diez, y que sea... lo que tenga que ser. Déme su brazo, por lo menos, que estos ascensores antiguos dan muchos saltos.
-Gracias. ¿Lo ve, como era usted la persona adecuada? Mis hijos hace años que no me abrazan.

