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jueves, 13 de febrero de 2014

PERPETUUM MOBILE

Lloviese lo que lloviese, la raya de su monte no se borraría jamás. Aunque todas las gotas de suero bajasen por sus venas propulsadas por la gravedad como kamikazes dispuestos a ahogar sus pulsiones eróticas, ella seguía deseando a su hombre como si fuera el primer revolcón. Cierto que hacía ya décadas que habían optado por separar sus miserias nocturnas en camas y habitaciones distintas, mas cuando sentía los octogenarios y desnudos pies crujir seguros sobre la madera pulida del pasillo, las manos sabias girar con cuidado el pomo bien aceitado de la puerta, y el peso de su eterno compañero parapetándola del jodido mundo, entonces, juntos, volvían siempre a ser aquellos adolescentes amándose a borbotones sobre los surcos del maíz espigado. Una y otra vez en perpetuo movimiento. 



Imagen de http://yurayah.deviantart.com/art/Yin-Yang-Koi-274399383

jueves, 23 de enero de 2014

EL OLOR DE LA PENA

Al atravesar el portal, el policía local pudo detectar débilmente el tufo de la muerte.  Crujían al subir las escaleras que llevaban hasta el tercer piso de aquel edificio vetusto, olvidado de la actualidad, con su primoroso y retorcido pasamanos modernista. Intuía las imágenes que iba a presenciar, tenía millones como aquella ya grabadas en la retina: un viejo cualquiera, sentado en su retrete o colgando bajo la lámpara, al que la vida adelantó sin miramientos ni intermitente, empujándolo a una cuneta negra desierta de familiares o amigos. Nadie lo echaría en falta hasta que la química orgánica se dignase a proclamar su pestilencia. Todas las muertes eran parecidas, salvo en el olor. En esta casa notaba el agente un dulzor desazonado, quizá fruto de algún antiguo desengaño amoroso o vital —pues el amor y la vida huelen similar—, que se mezclaba con vaharadas de eucalipto y muchas profundas aspiraciones pulmonares de tabaco rubio. Pero, fundamentalmente, por encima del efluvio de la descomposición de un cuerpo medicado por los achaques, se palpaba el hedor rancio de la soledad y la pena: el anhelo de una palabra amiga adherido a los cristales de la sala que daban a la calle, el aire salobre de las lágrimas vertidas sobre el pijama bajado, y el sudor seco en el esfuerzo del anciano por correrse por última vez y olvidar que habían pasado cincuenta años desde que ella lo mirara con deseo.

El policía local le subió los pantalones antes de cargarlo en la camilla.




Imagen modificada de http://luisanguillen.blogspot.com.es



lunes, 23 de septiembre de 2013

CAMISAS DE ONCE VARAS

Quería concentrarse en la clase y en las funciones cognitivas que el Alzheimer y la vejez remataban por deteriorar inexorablemente, por eso se forzaba a escuchar al profesor reconduciendo una y otra vez sus pensamientos atados con cabo corto por la senda obligada, aunque su mente acabara siempre por fugarse hábil de aquella situación en la que se había introducido por voluntad propia, pero de la que ahora tanto se arrepentía. Sólo una oferta de empleo alternativo podía salvarlo. Era especialista en ponerse a sí mismo contra las cuerdas, como un Houdini aburrido de tranquilidad, y después escapar por sus propios medios sin permitirse pedir ayuda a nadie, puesto que él solito se había arriesgado a entrar en la boca del lobo. Y ahora, ese cánido rabioso era la parte más fea de la vida, o la más invisible, o la más trágica; o todo a la vez, dependía... Era la última realidad, la miseria humana a la que tendría que hacer frente para ganarse el pan, limpiándole el culo a la vejez y a sus viruelas, curándole las úlceras cavernosas y purulentas a su mismísimo miedo, amortajando el cadáver de su postrera ilusión ahogada...
Sonó el timbre del móvil y salió precipitadamente del aula de formación con el corazón encogido en el chaleco.
—¿Señor Ramírez?
—Yo mismo...
—Lo llamo de la empresa X. Lamentablemente no ha sido usted seleccionado en esta convocatoria de repartidor de pizza, no obstante esperamos poder contar con su interés en próximas...
Dejó de oír la voz al otro lado, colgó, y lentamente volvió horrorizado a su camisa de once varas. 

martes, 10 de septiembre de 2013

ESPERANZA AZUL

La pobre vieja amoratada yacía, más que reposaba, en la poltrona blanda del comedor bajo la multipantalla 5D. Era un puesto que nadie quería, ya que la mayoría de los inquilinos de aquella exclusiva residencia de diseño preferían no perderse siquiera un sorbo de la programación diaria, dejando que las imágenes sinestésicas traspasasen sus caletres sin cesar, como antaño hiciera la propia imaginación. El 5D se había convertido en una de las drogas más populares, de hecho, su haz era conocido como la María Azul en homenaje a una hierba fumada en el pasado que confería a sus consumidores un ultraviaje multisensitivo donde las paradojas antagónicas de la existencia convergían en  una armonía natural. Así, la María Azul, prescrita por los más insignes psiquiotrones, mezclaba imágenes, grafías, colores, ritmos, respiraciones, tactos, músicas, metáforas, números, fragancias, espacios... directos al hipotálamo, donde todo lo importante se orquestaba. En el continuo discurrir de la programación, los efectos siempre diferentes para cada grupo neuronal, para cada persona, o para cada momento de esa existencia individual, daban a los ancianos alivio a su ataraxia. Salvo a la vieja amoratada, la única huésped de aquel hábitat que ¿vivía? al margen de la atracción psicológica del haz azul. Ella continuaba apenas conectada a la realidad más tradicional, la de sus ojos y oídos, aguardando la llegada de su hijo, que la había ingresado allí temporalmente,  pero que vendría en cualquier momento a rescatarla, pues ya estaba recuperada de la lesión de cadera provocada por su tonta caída. Esto es lo que llevaba veinte años repitiéndoles la ajada princesita a las enfermeras robot que se acercaban a comprobar sus constantes vitales, aferradas a la esperanza verde de su imaginación. Pues gracias a ella, o por su culpa, no se había percatado que a menos de diez metros de ella reposaba su retoño, vencido como un vegetal en un accidente infortunado, y siempre enfocado con el haz de maría azul que lo hacía soñar sueños programados.

jueves, 18 de julio de 2013

MEMORIA MUERTA

¿Qué hora será? ¿Quién será esta mujer de azul que me habla? Se parece a mi hermana Chon, pero es más fea y más amable. No le debe de gustar que le toque la cara porque ya me ha apartado la mano varias veces. Y yo sólo quiero jugar como cuando éramos niños a quitarle la nariz y volver a ponérsela, pero ella ya no se acuerda o está enfadada. Yo tampoco voy a hacerle caso alguno a lo que me diga... Mira, toda mi ropa tiene un nombre: Pablo. Me suena ese nombre. Claro, mi padre se llama así. Está en el interior de las mangas de la camisa, en cada calcetín, también en los calzones, que lo he visto escrito cuando me los ponen. ¿Por qué mi padre ha firmado mi ropa? ¿Será que yo soy mi padre ahora?
No quiero comer nada. Se lo voy a dejar claro a esta falsa Chon escupiéndole la plasta esa verde de mierda en la puta cara. Ahí tienes, puerca, ya no juegas conmigo. Me voy a portal mal, como cuando éramos pequeños y tú no podías enfadarte nunca conmigo de lo que me querías... ¿O era mamá quien me decía que me quería más que a nadie en el mundo, mucho, mucho, como la trucha al trucho...? 
Se va. Ahora se va apagando la luz y no volverá nunca más, como mamá se marchó también con la cara manchada de verde por la muerte que se le vino encima. Verde que te quiero verde. A Lorca también lo mataron cuando bailaba la luna en la plaza de la Casa de Bernarda Alba. 

-Buenas noches, Pablo. A ver si mañana se porta usted un poco mejor.
-Buenas noches, Chon. Y no le digas a papá que mamá está muerta en el estanque.

miércoles, 15 de mayo de 2013

SOLO UN ABRAZO


-¿A qué piso va?
-Al vigésimo segundo, por favor.
-Pero..., ejem, perdone, aquí sólo hai diez plantas. Esto, esto no es Nueva York, aún. Je, je...
-Pues, marque hasta el décimo, señorita, que del resto ya se encargará Él.
-Él...
-Él, sí. San Pedro me ha prometido un tránsito directo.
-Ya... Quizá... Yo... Yo creo que se me ha olvidado cerrar el coche, yo, perdone... tengo que...
-Ah, no, no puede irse. También me ha garantizado compañía en ese momento, la soledad me asusta, hágase cargo. Además, usted no tendrá que hacer prácticamente nada, solo llamar a una ambulancia o a la policía cuando... cuando suceda. Mire, ya le he anotado yo los teléfonos de urgencias, aunque, claro, ya nada podrán hacer los médicos, salvo la certificación. Tenga, tenga.
-Pero, bueno... si usted y San Pedro lo han ajustado todo al milímetro, podrían haber concertado también la compañía de alguien conocido, un familiar, un amigo...
-Solo se tiene la certeza del momento, no de las circunstancias.
-Bueno, abuelo, vamos al diez, y que sea... lo que tenga que ser. Déme su brazo, por lo menos, que estos ascensores antiguos dan muchos saltos.
-Gracias. ¿Lo ve, como era usted la persona adecuada? Mis hijos hace años que no me abrazan.