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martes, 21 de enero de 2014

EN NOMBRE DE LA ESPECIE

En el centro del círculo cerrado, ella no osaba bajar la vista hacia las llamas danzantes que la circundaban. Prefería plantar cara a la esfinge roja llamada Especie que alargaba los tentáculos hacia su cuerpo amoratado, torturado a latigazos e insultos durante quién sabe ya cuántos días. De seguro, más de lo que habría tardado el huevo anidado en su útero en crecer media pulgada. Soy mujer —repetía cualquiera que fuera la pregunta de aquellos macabros ancianos del Comité de Castigo a los No-Proliferantes—, soy pro-abortist, nunca he parido ni he tenido ganas de hacerlo;  defiendo y ejerzo la libertad de decidir sobre el propio cuerpo femenino. Y solo salía de sus labios aquel sonsonete de idénticas palabras que también resonaban escritas con tinta roja en las paredes de las calles, roncas en las emisoras de las radios piratas, obvias y ufanas en los manifiestos leídos en concentraciones espontáneas en los baños públicos... 
Hasta que de sus otros labios verticales salieron los goterones sanguinolentos que anunciaban la muerte de su embrión, el que nunca deseó, el que ellos pretendían salvar, el que jamás sucedería a una especie si todos sus individuos rechazaban perpetuarse en un contexto de totalitarismo. 




viernes, 5 de julio de 2013

EL MAYOR ESPECTÁCULO DEL MUNDO

El circo venía a la ciudad este fin de semana, pero, francamente, a la ciudad le daba por culo. Aquellas mujeres que hoy eran madres, o tías, o madrinas de algún crío, y que en su infancia habían acudido ilusionadas de la mano de un familiar esperando ver los fieros leones, las etéreas funambulistas y los chistosos payasos, se habían topado con desnutridos y sucios elefantes, una fémina multifuncional con lentejuelas ajadas, y lánguidos e inexpresivos clows que en lugar de carcajadas provocaban lástima. Especialmente doloroso era ver aquellos animales, encerrados en jaulas todos los días de su vida y llevados a rastras por las villas para ser mostrados al público; un espectáculo nada grandioso que había perdido justificación en la sociedad en la que la televisión te traía al salón las entrañas del océano y sus tiburones vivamente sanguinarios, por ejemplo.
 Por ello fue todo un acontecimiento inesperado en la ciudad cuando Pipo se escapó ese fin de semana de su jaula de hipopótamo grávido y torpe, y salió a la calle de rondón a darse un paseo por las brañas y comerse unas hierbas, aunque fuesen urbanas, en libertad recién conquistada. Por ello, todos los periódicos se hicieron eco de la noticia y todos los ciudadanos de la comarca narran desde entonces el hecho como si cada uno de ellos hubiera visto con sus olvidados ojos de niño, en directo y en primera fila, la fuga de Pipo, el mayor espectáculo del mundo: la libertad.

miércoles, 1 de mayo de 2013

POR VEZ PRIMERA

Tenía cincuenta y cinco años cumplidos, treinta de vida laboral cotizada, pero hoy, 1 de mayo, era el primer día de su existencia en el que iba a hacer uso de su inestrenado derecho reivindicativo de manifestación en la calle. Eso, porque estaba desahuciada a las cunetas laborales, o sea, al paro indefinido, al igual que sus veinte compañeros abocados a un ERE de extinción; o porque nunca había protestado por casi nada a sus jefes o gobernantes y ahora así se lo pagaban unos y otros; o tal vez porque puntualmente durante todos estos años de trabajo había confiado en aquella mentira que sus padres, sus profesores o superiores jerárquicos le habían inculcado a fuego: "el trabajo dignifica". Mierda, se repetía a cada paso mientras asía contra su pecho, con fuerza y algún nerviosismo, aquella bandera que un sindicalista recién presentado le tendió al comenzar el acto. Mierda dignifica, mierda de engaño. El trabajo de su brazo financiaba a los poderosos, no su futuro ni el de sus hijos, no su jubilación en la vejez, sino las cuentas bancarias en paraísos fiscales de unos ladrones de guante blanco. Y ahora comprendía perfectamente el significado de aquella imagen que recientemente había visto en una pared pintada de su barrio y que tanto le llamó la atención: un fornido puño en alto portando un martillo y siendo loncheado poco a poco como un jamón por una máquina cortafiambre. Joder, qué tonta había sido no protestando nunca, pensando qué difícil era gobernar y qué bien que otros lo hiciesen por uno. Cuántos obreros como ella antes seguían pensando aún que su obligación era únicamente bajar la cabeza, ponerse el ronzal y seguir arando década tras década por donde el amo o la política de empresa mandase para aspirar a una jubilación apenas holgada y viajes del Inserso a Mallorca. "Tenemos lo que merecemos", pensó.
Por eso, hoy, 1 de mayo, día del trabajador, esa obrera casi sexagenaria gritó por vez primera en la calle, bandera anarquista en la mano, como una joven Libertad guiando al pueblo, que no quería más gobierno que el directamente ejercido por los ciudadanos, ni más trabajo que la alienase ni explotase, ni más mansedumbre nunca jamás. Y por una vez en su vida sintió hervir la sangre.