En el pueblo más alto de Las Cumbres, todos los mayores de veinte años habían muerto por lo menos una vez en la carretera, despeñándose con su coche o motocicleta barranco abajo en alguna de las incontables curvas espirales. Las cruces del cementerio de los que nunca volvieron llevaban su nombre, el año de la defunción y el punto de altitud en que se produjo el deceso: 867, 723, 944 metros, nunca la cima, claro... Aunque era en la taberna de Pepe Saco donde los turistas podían conocer en persona a los parroquianos que habían vivido más vidas: hasta siete contaba el viejo alcalde, seguramente elegido edil por su experiencia existencial. En ese reiniciado período, aquel flacucho vejete con pata de palo y siempre la misma o distinta taza de tintorro peleón en la palma de la mano había sido mecánico, después protésico dental, asceta motero, cantor de aturuxos, tratante de ganado, adivinador de lotería y vendedor de pulpo; se había casado solo cuatro veces porque en tres ocasiones lo rechazaron sus pretendidas, y había concebido tres hijos a los que bautizó como Segundo, Quinto y Sexta según el retazo de vida en que fueron naciendo. A la pregunta de los curiosos de cómo aquello era posible, de si en realidad había muerto o únicamente cambiado de vida, el viejo siempre se les quedaba mirando divertido y preguntaba: "¿Sobrevivir para seguir haciendo lo mismo? Eso es eternidad, señora, no es vida. Muere quien queda varado".
Los vecinos del valle habían oído aquellas historias una y mil veces, por lo que ya no les prestaban demasiado interés, pero aseguraban que un famoso director de Bolywood estrenaría una película sobre Las Cumbres el año próximo.

