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lunes, 3 de noviembre de 2014

EL FIN DEL DINOSAURIO


Al dinosaurio le era imprescindible aligerar ya sus cañerías atoradas de impudicias que progresivamente el propio y nocivo funcionamiento de su organismo le había acabado por provocar. La culpa era de su modo de vivir, de gestionarse —intuía con algún atisbo de iluminación en los peores momentos de aquella crisis crónica—. Las copiosas e irrefrenables ganas de acumular viandas en su avaricioso estómago y en los de su familia y amigos se habían ido convirtiendo durante la Gran Degradación en la única finalidad de su existencia, si es que otra tuvo alguna vez en el comienzo de los tiempos. Los demás, claro, no tenían ni derecho a eso, a vivir un segundo más de lo justo para alimentarlo a él y a su prole. Apenas sí supo jamás en qué consistía la mala conciencia de saber que lo que él devoraba con gula pantagruélica causaba la inanición de muchos, de tantos, de una multitud más grande cuanto más ignorada y ninguneada. Era un depredador y punto.
Al Súper Tiranosaurus Rex no lo calmaban ya las purgas controladas de sangre y mierda que los fiscales y gestores afiliados dejaban correr compuertas abajo cada cierto tiempo para emular una limpieza aparente, tranquilizadora de masas, modificadora de la inmovilidad más recalcitrante. La prensa multiplicaba por doquier el eco salubre de los contados y previstos actos de transparencia, de impoluta actitud, de impasible moralidad de la elite de los saurios... pero el olor se podía cortar con un cuchillo de postre y no había dios que lo disimulase ni con la más pura apariencia de beatitud. 
Pero hasta que muchos siglos después, sus víctimas no lo asaltaron y abrieron en canal para que estallara y se ahogara en un alud de putrefacción corrupta, el dinosaurio permaneció allí, día tras día, al despertar. 

(A Monterroso, gracias por la lección)

Mr. Richfield, el Jefe en la serie Dinosaurios. 

lunes, 26 de mayo de 2014

EN NEGRO

Cuando seis millones de paisanos suyos estaban al otro lado de la temible raya divisoria que significaba no poder pagar facturas, ir a pedir comida al banco de alimentos, acudir a sucesivas dinámicas de grupo donde competir en empatía, efectividad, resolución, dinamización y todas aquellos conceptos ya vacíos sin una nómina detrás que los sustentase, el funcionario seguía haciendo diariamente horas extra en cualquier empresa privada que lo aceptase en negro. No importaba que fuese festivo, domingo o su aniversario de boda. No tenía más afición ni objetivo en su miserable existencia que ver crecer el dinero sumado en su cuenta corriente, puesto que también carecía de hijos propios o algún heredero a quien dejarle el capitalito ganado como un zombie laboral. Tenía ya sesenta años, había conseguido a los treinta y tantos su puesto fijo gracias a un enchufe que agradecía religiosamente cada plebiscito con su voto vendido, y hacía ya alguna década que gastaba, incauto, unos flamantes cuernos bajo la gorra gastada de conductor de autobús. 

Un domingo cualquiera paró el vehículo junto a la marquesina de la última parada de aquella jornada. Iba mascullando maldiciones porque al día siguiente comenzaba sus vacaciones en el ministerio y no había conseguido encontrar una firma alternativa donde emplear todo su mes de inacción. Subió un joven de los que él solía llamar peludos, de esos que quizá tengan treinta o veinte años bajo la eterna camiseta con vaya usted a saber qué mensaje, pero que dicen palabras raras con seguridad y aplomo. Estudiados, vamos. Tras abonar el importe le enseñó un carné con la palabra Inspección de Trabajo estampada en el medio y medio del rectángulo y le pidió la identificación. Mientras el conductor se negaba a dársela o a facilitarle su nombre, se veía a sí mismo devolviendo al fisco toda la plata de una enorme multa en sacos de monedas de a un euro que lo sepultaron en una tumba en la tierra. Nunca tuvo que oír de la Administración la temida sentencia: murió de un infarto en aquella misma parada. 



Imagen modificada de http://us.cdn3.123rf.com/168nwm/patrimonio/patrimonio1309/patrimonio130900014/22122341-ilustracion-de-un-autobus-o-el-conductor-conductor-del-camion-en-el-interior-del-vehiculo-visto-desd.jpg

martes, 22 de abril de 2014

UN CUENTO QUE NO ERA CHINO

Una vez leí un cuento que no era chino. 

Una familia muy muy pobre contaba solo con un campo minúsculo donde cultivar alimentos para sus seis miembros. El anciano padre oraba a su dios todas las noches para que les concediese una oportunidad de mejorar su situación, y todos los días labraba con sus vástagos el raquítico huerto para sacar algunas cebollas y rábanos con los que hacer una única comida por jornada. Los hijos mayores le habían pedido emanciparse y dedicarse a otras tareas diferentes que habían oído relatar a viajantes de lejanos lugares. Mas el viejo temía los cambios en el fin de sus días sin percatarse de que ese fin lo estaba viviendo ya. Como el país se empobrecía cada vez más, muchas veces venían vecinos o desconocidos a pedir de limosna un plato de sopa de verdura, pero la vieja madre siempre los huyentaba, cucharón de la sopera en alto o lanzándoles piedras, replicando que no tenía suficiente para los suyos, que se largaran por donde habían venido.

Un dios ocioso por fin oyó las plegarias nocturnas del viejo. Hizo que el gobierno les quitara su cativo terruño y los expulsase a todos de la miseria en la que vivían. Entonces, libres de la obligación paterna de cultivar una tierra yerma, los hijos tomaron las riendas del clan y apostaron por nuevos proyectos, para los cuales contaron con personas de razas y naciones diferentes. Solo seguían sobreviviendo, pero los extranjeros les enseñaron que la sopa, aunque sea únicamente de rábanos, sabe mejor compartiéndola que negándosela a los semejantes. Los padres, cuando murieron con el corazón amable años después, confesaron a sus nietos el error de querer sacar agua de un manantial ya seco y les recomendaron que siguiesen sus sueños. 

No recuerdo cómo se titulaba el cuento, pero sí el terruño de miseria: España. 



Imagen modificada: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/a/a0/Spain_Portugal_Jan_2003.jpg

viernes, 4 de abril de 2014

NO ES TRASTORNO TRIPOLAR

No es trastorno tripolar

mi ansia de ser varios seres,

sino necesidad de mostrar

mil experiencias, saberes

y argucias con que ganar

un sueldo y pasar los meses.


Compiten hijos con padres,

en subasta de empleadores:

los viejos pagaron el máster,

cobrando extras en sobres,

los mozos serán el baluarte

del que arrojen a más pobres.


No pueden entrar raudales

por el ojo de una sola aguja,

como no han multinacionales

de salir siempre con la suya, 

que, además, tienen la llave

para acabar con la hambruna.


Me deshago en mil currículos

que lanzo al mar cada día.

Los peces me llaman ridículo

por largar siempre en la ría

y por cortarme los testículos

por miedo a crispar sus iras.






viernes, 28 de marzo de 2014

VERRACOS EN SILLAS VIP

Me zumban los oídos y los ojos por debajo del parche de terciopelo rojo,

no tengo apenas la decencia que perder en una partida de cartas marcadas

y salgo a la calle a llenarme los pulmones del aire que me van a hacer pagar caro.

Ya no soy pirata libre que descerraja mandobles a sus anchas,

ya no tengo más olas que surcar, ni más mares que me cobijen, 

y el garfio de mi mano les sirve a ellos para colgarme en el matadero.

Los contenedores arden, vacíos como intestinos puestos a dieta Dukan,

los detritus se acumulan en sus conciencias podridas dry martini 

y los que aún tienen cuenta van mutando en viciosos verracos ávidos. 

Quizá ni el fuego desinfecte toda la mentira que nos han vertido encima,

pero las manos ociosas piden el calor a chasquidos de las bofetadas,

en sus jetas de plomo fundido que cae en goterones sobre la acera,

o en las puntas de sus lanzas afiladas de ociosa jerga económica.

Nadie sabía de nada, a nadie le constaba nada de lo que le llenaba sus alforjas,

ni el más alto de la pirámide miraba en qué cabeza apoyaba sus pies

porque a la plebe se la aplasta, se la deforma como magma del capital.

Y cuando estalla en erupción, ellos contemplan el espectáculo desde sillas vip.



Imagen: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/1/19/Blackbeard_head_bow.gif


jueves, 2 de enero de 2014

LA ILUSIÓN PERDIDA

Tenían todo tan bien montado... que no era de extrañar que muchos niños estuviésemos hasta los nueve años inocentes como calandrias, y que una vez crecidos fuésemos pasto de tiburones bancarios. Hasta en el Telediario salía aquella rubia sonriente que con la misma expresión de yoestoyalmargendelbienydelmal anunciaba la imparable subida de la bolsa, la rebaja en picado de los tipos de interés o la puntual salida a las cinco de la tarde de absolutamente todas las Cabalgatas de Reyes del país y parte del extranjero... Por lo tanto, era verdad. Yo misma, sabiendo ya escribir con mayúsculas y minúsculas, mandé mi carta online, y las de mis hermanas, a una web de dibujitos de camellos, hombres de barbas y pajes, de grandes letras en purpurina que rezaban  "pide aquí tus deseos" y que en nada se diferenciaba de las ofertas en línea de aquella financiera a la que también se apuntó papá para que nos regalaran la tele lcd o para comprar nuestra casa. Aquellas webs, sin duda, eran el summum de la evidencia palpable de que los Reyes y la sinceridad en los negocios de crédito existían en algún punto de la inmensidad de la red, o de que por lo menos unos y otra pertenecían a un determinado tipo de realidad similar. Si hasta te daban un resguardo que podías imprimir y un número de identificación de peticionario...

Mas cuando el hijo del vecino de arriba se rio de mi en plena calle y me espetó que lo de los Reyes era una patraña y que el dinero de la Barbie salía del trabajo de mis padres, lo empujé al suelo, le arranqué las hélices a su microhelicóptero teledirigido y subí llorando por la escalera hasta casa. No lloraba por la rabia de haber sido una tonta, sino porque a lo mejor mi padre, ahora en paro, también había sido un iluso. Cuando me abrió la puerta, sus ojos llorosos me confirmaron que sí.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

DELINCUENTES NOVELES

Por aquella puerta azul, gélida, que no se atrevía a cruzar ni una sola vez más, salieron cientos de personas durante toda la mañana del día diez. Debía de llevar divisándola a lo lejos por lo menos cuatro o cinco horas, pero no acababa de decidirse aunque el momento de la salida del cole, las circunstancias y la mala suerte apremiasen como cuchillos cortantes. Desde la semipenumbra de su mirador distinguía bien, no sin sorpresa por su parte, la crispación con la que muchos clientes abandonaban el local, con los dientes y los puños apretados; la serenidad que proporcionaba a unos pocos un horizonte económico nítido; o la  frustración amarilla de bastantes, que habían sido engañados ante sus propias narices ahorradoras.

Esta vez le pareció encontrarlo. Era calvo, lento de reacciones y aparentaba unos ochenta años bajo aquella obesidad mórbida y remolona. Tardó por lo menos cinco minutos en aproximarse a la entrada del oscuro soportal en el que él se ocultaba expectante, tantos como el observador tembló sudoroso ante la perspectiva de transformarse ya sin remedio en un odioso delincuente. Empuñó con mano húmeda el destornillador de su banco de carpintero en paro y lo mostró amenazante ante los ojos del anciano en tanto se oía decir nervioso: "Dame todo el dinero que llevas, viejo". 

El viejo solo acertó a orinarse encima. Y él, también.