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viernes, 14 de marzo de 2014

BARBAS DE MEJILLÓN

Si la maniquí tuviera ojos, habría llorado torrentes de lágrimas sintéticas; si tuviera brazos con manos y dedos, se los habría arrancado de cuajo para no ver sus lampiñas partes pudendas cubiertas de aquel asilvestrado matojo de barbas de mejillón que rebosaba por fuera de la breve tanga de diseño. La maniquí color blanco hueso, ejemplar autóctono de la elite naturalmente criada en escaparates de la Gran Manzana, sabía que aquello no encajaba en ninguna tendencia de moda, por demencial que acostumbrasen estas a ser. Si hubiese podido ruborizarse, se habría convertido en cometa rojo que sale orbitando cuando comenzó a percibir del otro lado del cristal las burlas y carcajadas, o los índices levantados de quien quisiera que pasase señalándole el recién estrenado coño. 

Pero, justo cuando creía morir de vergüenza estética, la maniquí humanizada, prima hermana de aquella otra que ilustraba a George en "La máquina del tiempo" sobre los caprichos del atuendo femenino, se fijó en el cartel de enfrente. Allí lucía la imagen desnuda de una mujer real, de las que ella con sus formas simples era únicamente una metáfora. Le miró la entrepierna, más que sugerida, solícita y absolutamente calva, y pensó: "Parece un maniquí". Entonces también se percató de que, por vez primera, los transeúntes la miraban a ella, no a su ropa. 



Imagen de http://www.playgroundmag.net/musica/noticias-musica/actualidad-musical/american-apparel-no-quiere-que-te-depiles-el-chichi



jueves, 1 de agosto de 2013

POR LOS PELOS

Le dijo el piojo a la ladilla un buen día que coincidieron en el descanso para el café de un congreso titulado "Parasitar humanos: problemática de futuro":
—¿Qué tal por allá abajo..., por el sur, compañera?
—Mal, muy mal. La gente está cada vez más acojonada y depresiva; casi no folla, así que no tenemos muchas posibilidades de expandir nuestro negocio.
—Joder, pues serán los adultos, porque los adolescentes te digo yo que son como conejos, ¿eh? Y cada vez, más jóvenes, casi niños. Yo ya estoy pensando en irme a EEUU a hacerme un máster en "Cómo anidar en pubis lampiños"...
—Ya, y entrometeros en nuestro nicho de mercado... De eso nada, vosotros debéis ceñiros a las ca-be-zas de los críos, ca-be-zas. En todo caso, de los adolescentes greñosos, pero nada de bajar a las zonas erógenas, aunque haya pelo. Eso sería intrusismo laboral, oye.
—Mira, tía, tú no has tenido que sufrir el bajón de natalidad de las últimas cuatro décadas, ¿o te crees que todo sigue como en el Baby boom? No, señora, no. Ahora apenas hay infantes, y además van demasiado limpios para mi gusto... oliendo a Monster High, puaj... Si ni siquiera van al parque a rebozarse en los charcos..., porque juegan en línea cada uno desde casa... Así no hay quien viva.
—Pero, ¿entonces lo vuestro también va por contagio? Porque yo siempre he oído que sois cosa de las campañas de las industrias de zz, que os siembra en las cabezas allá por otoño y primavera...
—¿Me estás llamando parásito transgénico? ¿A mí? ¿A mí?
—Bueno, no, no quería ofenderte. Perdona mi ignorancia, pero sí que estoy de acuerdo contigo en la mierda esa de la higiene y la depilación, que es la peor de sus versiones. ¡Qué asco, tío! ¿Dónde fueron aquellos coños velludos de los setenta? Aquellos montes silvestres, agrestes, olorosos y bravos como la madreselva? ¿Donde, el Power flower y el follar sin condón ni miramientos? 
—Ah, amiga mía, ya lo dice la sabiduría popular: donde hay pelo, hay alegría.