Espejito, espejito...
Por qué vuelvo a casa de mi ex? Será sólo por ver al gato de mi ex, que ese sí que me quiere, aunque no sea mi gato? O será porque añoro en él a nuestro pobre perro muerto y a nuestra pasada vida juntos, a la que, por cierto, renuncié con osadía y determinación?
No sé, Espejito. Me da verdadera pereza gatuna sacar mi querida cómoda de la casa de mi ex, bueno, en realidad, de la que antes era mi casita, la que yo había forjado a fuego, en la cual todo estaba claro, nítido, prístino, identificable... todo era sencillo; no como ahora, en esta otra vida de insondable Averno: una leonera de maletas sin deshacer, de proyectos conclusos a destiempo, de crisoles de éscaleras, de furias pasadas, de risas olvidadas, de rabias de ácidos colores transmutadas en esas figurillas coleccionables de superhéroes que mi hermano custodia con celo en cutrosas vitrinas. A la mierda!
Mira, Espejito, una cosa te digo; que a esas nuevas amigas de mi ex, ni se les pase por sus huecas cabezas dejar ni un pelo sobre mi exclusivo tocador, porque a mi tocador sólo lo toco yo. Mientras yo no cierre mi pasado a mi antojo, que no venga ninguna usurpadora a protagonizar capítulos de mi historia.
Pero, Espejito, Espejito, quiero cerrar mi pasado de una puta vez, o sólo quiero quemar las naves (bueno, las cosas de mi hermano) y hundirme en el océano mientras sigo acariciando un gato que no es mío?


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