La verdad desdentada, por diez euros, te hace un francés completo contra un contenedor de basura y se relame después ante tu cara sorprendida.
La verdad recatada jamás dejará que rasgues el velo negro de puntilla frágil y decorosa con el que te parapetas huyendo del abismo de tu mente.
La verdad descerrajada iba para universitaria de pro, con beca ministerial y premio de fin de carrera, pero se quedó a las puertas del centro comercial a pedirte limosna, kalashnikov en mano, a ti, que nunca aspiraste a nada.
La verdad atrapada sigue creyendo en la eterna venida futura de Jesucristo para retrasarte sine die el paraíso, mientras ella disfruta de este purgatorio entre diamantes blancos y felaciones secas de Wall Street.
La verdad atrincherada dispara a discreción únicamente hacia arriba, donde todos suponemos que está dios, el cielo, la otra vida, el más allá, la trascendencia y el Valhalla, el ático del alma.
La verdad multiplicada y calva sale distinta y renacida de cada uno de los ojos de la conciencia de los hombres. Por eso es mutable, veleidosa como la misma mentira, inalcanzable como el rayo de luna. Y cruel si no la has creado tú.
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