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sábado, 16 de marzo de 2013

Coca-Cola, levántate y lárgate de mi nevera

Voy a hacerles caso. Y voy a hacerles caso a los dos mensajes que me lanzan: el visible y el oculto, vamos, el que les interesa de verdad.
Sí, Coca-cola, voy a levantarme de la silla. Mas no de esa silla que tus publicistas me señalan como única culpable de mi probable obesidad y como icono sentenciado del sedentarismo, sino de ti, es decir, de la poltrona carbonatada e hiperazucarada que eres y a la que soy adicta confesa.
En el último anuncio de la poderosa multinacional americana se nos pide, literalmente, a los trabajadores (pues, el protagonista es un oficinista de una gran empresa) que nos levantemos, que nos agitemos, como si se estuviese poniendo de nuestra parte, la muy cabrona, en una supuesta revolución de justicia para los pobres de la tierra en el crítico momento económico que vivimos.
Y se atreve a pedirlo ella, esa ignota mezcla líquida de azúcar, gas y los ingredientes secretos que quiera que le pongan, que es el complemento ideal de la comida basura; que se identifica automáticamente con el símbolo mismo del capitalismo (aunque roja, tiene tela); que ejemplifica como ninguna otra marca el poder mental que el marketing tenía sobre el consumidor acrítico; o que es, en suma, únicamente publicidad con adictas burbujas eso que nos metemos al coleto...
Yo me bajo, sí, yo desmonto de ese caballo dulzón que no es chispa de la vida de nadie y que trata de venderme la moto de que está del lado de la clase media en esta crisis, cuando claramente es mi sempiterna enemiga: una multinacional yanqui, ajena a mi paro, a mis dolencias, a mi futuro.
Si eres una bebida carbonatada que contribuye muchísimo a engordarme, amiga, has sobrepasado el colmo del descaro pidiéndome que me levante y corra para llevar una vida saludable. Si eres una compañía que gana muchos millardos de dólares en todo el mundo, no finjas ser la amiga de los pobres de la tierra, querida, porque sólo el agua es gratis, y no en su totalidad. A otra Caperucita con ese cuento, loba, pues mi abuela ya me decía que ese brebaje marrón no podía ser nada bueno, y con esas garras cutres de marketing no me engañas.
Tu era ha terminado. Tú vas a levantarte e irte de mi nevera.

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