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martes, 17 de diciembre de 2013

LA PRINCESA BOCANEGRA

Prodigábase entre el pueblo como su princesa más cercana, más idolatrada y (per)seguida, según indicaban las audiencias televisivas y las peroratas de millones de madres setentonas de medio país. Su única plusvalía eran sus aireadas desdichas: el hombre de su vida las dejó —a ella y a su hija común— por una lurpia aún más fea y más lista, teniendo que sufrir después otro matrimonio fracasado más. Snif... Era enferma crónica, oportunamente quejosa cuando le hacía falta dar un suplemento de lástima, no obstante, visitaba asiduamente clínicas para deshabituación de sus muchos vicios supuestos. Snif, también. Era, no la princesa triste que exhala suspiros de fresa, sino sobre todo una bocanegra, inculta y vehemente cual chalán marrullero de plaza, cual leona de fauces fétidas operadas que ruge matar por su cachorra, pero no para ella. Y sus millones de fans, esas abuelas nacidas en la postguerra, de manos curtidas muchas horas en el campo y en las fregonas para dar estudios a sus hijas —en especial a sus hijas para que no se pareciesen a ellas mismas— pues, esas jabatas jubiladas defendían con uñas rosadas y dientes blanqueados a su soberana popular del ataque del mundo cruel, incluso ante las críticas de sus propios retoños titulados y desempleados en una nación de pandereta sumida en la crisis. 

Y todo porque ella, la princesa, por encima de todo, sufría, penaba, padecía, soportaba, arrostraba, sobrellevaba la pesada carga de sus infortunios en mayor grado que sus seguidoras, aunque se lucrase opíparamente con toda esa lástima que provocaba. Por eso, las marujas de pro hasta la leían, pese a que su libro hubiera sido el primero —y quizás el último— que hubieran comprado en sus largas y trabajosas vidas. Por eso la seguían a ciegas de cualquier razonamiento intelectual, pero a la luz de todas las emociones viscerales que les generaba. Ahora bien, la querrían con las entrañas solo hasta el día en que la princesa del pueblo consiguiese la felicidad, hasta que dejase de ser la eterna sufridora number one de su mundo catódico. A partir de entonces, la olvidarían ante otro personaje más intrascendente.

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