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lunes, 2 de diciembre de 2013

EL JUEGO DE LA VIDA

El Administrador se aburría lo indecible. En dos ocasiones —1914 y 1939, si mal no recordaba— a punto estuvo de cargarse aquel tonto jueguecito que se le había ocurrido hacía ya más de 4.500 años, en el que a partir de una unidad celular, la energía de la Vida luchaba por mantenerse activa frente a sus ataques. La estrategia original del oponente había consistido en diversificarse muy rápido y complicar gradualmente las criaturas objeto del juego que, cada vez más o menos evolucionadas, le proporcionaban al Administrador el exquisito placer de conocerlas, diferenciarlas y hallar sus puntos débiles para vencerlas conjuntamente o por separado. Con el fin de destruir a los dinosaurios, por ejemplo, tuvo que inventarse una pequeña argucia al margen de las normas iniciales, pero, qué carajo, el juego era suyo, ¿no? En su fuero interno, a veces le costaba reconocer que de alguna otra entidad animada incluso se había enamorado y le había consentido casi rozar la eternidad, aunque luego tuviera que cortar el eslabón y perderlo a posta.  Otra táctica genial de la Vida en algunas de sus partidas había sido la depredación de partes de sí misma en favor de la supervivencia general, de manera que según su fuerza bruta, su inteligencia maliciosa o su capacidad de adaptación a medios cada vez más hostiles, alguna especie había conseguido liderar y muchas veces —por qué no decirlo— tiranizar con su poder al resto. Se había divertido, pero también sufrido mucho, observando cómo aquellas criaturas líderes descubrían, poblaban y destruían pantalla a pantalla hasta casi degradarlo a cenizas el entorno que Él en principio había creado voluptuosamente verde y salvaje. 

Ahora, silencioso y cubierto de polvo cósmico, al Administrador le dolía ver que los entes endiosados habían dejado de jugar con y contra Él, prefiriendo fabricarse sus propios juegos virtuales, como mundos imaginados pero táctiles, a su imagen y semejanza. Pensó que si lo que buscaban era imitarlo, entonces habían perdido su propia esencia, su identidad, su Vida. Comprendió entonces que, en 4.500 años, por vez primera y sin darse cuenta, había ganado, pero se sintió solo y fracasado.


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