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viernes, 22 de agosto de 2014

MUÑECA EFÍMERA

Era la muñeca más hermosa que lucía en aquel escaparate vivo, y con mi voluntad y un par de saltos, conseguí arrancarla de su yema. Tenía el pelo tostado por el sol de agosto, largo, frágil, quebrándose a cada trenza de mis dedos torpemente maternales, pero brillante y sedoso, como las elegantes damas del cine. Su inexistente expresión se reducía a toda la paleta de ánimos que iba surgiendo de mi imaginación efervescente, sumada a las mil y una maneras de vestirle el pañolito morado sobre su esbozo de figura, de modo que Pequeña —ese era su sencillo nombre— pasaba rauda de ser la enamorada desdichada de La Dama de las Camelias a la malograda reina María de las Mercedes, osando incluso emular a la Virgen de Fátima ante pastores como yo. Quizá no mencioné antes que mi compañera de juegos carecía de brazos y piernas, mas eso lo suplía fácilmente con un palo atravesándole el tórax a manera de extremidades superiores, y respecto a las inferiores, las faldas largas y la fantasía arropaban cualquier tara física. 

Yo tenía once años y sabía que un día mi muñeca se secaría y yo florecería a otra etapa, de mujer, de adulto, de realidad; pero no creí que sucediese aquel verano. Así que me cogió de sorpresa descubrir de pronto aquella mañana que bajo las telas primorosamente dispuestas la tarde anterior solo había una mazorca de maíz desmochada.


Imagen: http://2.bp.blogspot.com/-dErpZJgvSVg/UMhQNeZOWwI/AAAAAAAAFq0/fOVpeQk-6g0/s1600/1-Tiempo+de+Gachas_Ma%C3%ADz+(mazorca).JPG

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